Preparar una ruta con niños pequeños tiene un problema: puedes llenar el coche hasta el techo y aun así olvidar justo lo que te van a pedir a los diez minutos.
Nos ha pasado más de una vez.
Sales de casa convencido de que llevas todo controlado. Agua, gorras, crema solar, algo de fruta. Cierras la mochila, consigues meter a los niños en el coche y empiezas a pensar que esta vez sí, que por fin os habéis organizado como una familia normal.
Luego llegáis al sendero.
Uno quiere comer antes de empezar. El otro no encuentra la gorra. Alguien decide que necesita ir al baño cuando ya no hay ninguno cerca. La ruta lleva abierta menos de cinco minutos y la mochila empieza a parecer una broma de mal gusto.
Después de unas cuantas salidas hemos aprendido que no hace falta llevar media casa. Lo importante es acertar con unas pocas cosas y aceptar que los niños encontrarán una forma de pedir algo que no está dentro.
Agua, pero sin convertirte en una fuente ambulante
Con niños pequeños siempre llevamos más agua de la que creemos necesaria. No una cantidad absurda, pero sí suficiente para que nadie tenga que empezar a repartir los últimos sorbos cuando todavía queda la vuelta.
El problema es el peso. Dos botellas grandes, varias pequeñas y la mochila deja de ser una mochila para convertirse en entrenamiento militar.
Nos funciona mejor llevar una botella para cada niño y otra más grande para los adultos. Así evitamos las discusiones sobre quién ha bebido de cuál y esa repentina preocupación infantil por los microbios después de haber pasado media mañana tocando piedras, tierra y palos.
En verano añadimos agua extra aunque la ruta sea corta. Una caminata de cuarenta minutos puede durar dos horas cuando cada hormiguero exige una investigación completa.
Comida que se pueda comer de verdad
Antes llevábamos comida pensando en lo que sería sano, ordenado y fácil de repartir.
Luego conocimos la realidad.
La fruta blanda acaba aplastada. El chocolate se derrite. Los bocadillos demasiado grandes regresan a casa con un solo mordisco y una capa de arena que nadie sabe explicar.
Ahora elegimos cosas sencillas: fruta que aguante golpes, pequeños bocadillos, frutos secos si la edad de los niños lo permite y algún snack seco que se pueda repartir sin montar una operación de cocina en mitad del camino.
También guardamos algo para la vuelta. No importa cuánto hayan comido durante la ruta. En cuanto ven el coche vuelven a tener hambre.
Una muda que probablemente no usarás hasta el día que no la lleves
La ropa de recambio parece innecesaria en una ruta corta. Casi siempre lo es.
Hasta que aparece un charco.
No hace falta cargar con un armario completo. Una camiseta, ropa interior, calcetines y una bolsa para guardar lo mojado suelen ser suficientes. Si hay agua cerca, añadimos pantalones ligeros o bañador dependiendo del lugar.
Los calcetines merecen atención especial. Un niño puede caminar cubierto de polvo sin quejarse, pero una pequeña piedra dentro del zapato puede paralizar a toda la familia.
Gorras y crema solar
Las gorras entran en la mochila. Salen de la mochila. Se las ponen. Se las quitan. Desaparecen durante veinte minutos y vuelven colocadas en la cabeza de otro niño.
Aun así las llevamos.
La crema solar conviene ponerla antes de salir de casa. Intentar aplicarla cuando los niños ya han visto el sendero suele acabar con uno escapando, otro protestando y un adulto sujetando un bote abierto sin saber muy bien qué hacer con él.
En los meses de más calor buscamos rutas con sombra y evitamos las horas centrales del día. Ninguna mochila arregla una mala elección de horario.
Un pequeño botiquín sin dramatismos
No llevamos material para sobrevivir una semana en la montaña. Para nuestras rutas habituales basta con un botiquín pequeño que incluya tiritas, desinfectante, gasas y algo para las picaduras.
Las tiritas tienen un valor especial. Algunas veces cubren una rozadura real. Otras solucionan lesiones que no se pueden ver ni localizar con precisión, pero que aparentemente impiden seguir caminando.
Funciona igual.
También guardamos pañuelos y toallitas. Siempre parecen demasiados al preparar la mochila y nunca parecen suficientes cuando hacen falta.
Lo que dejamos en el coche
Hay cosas útiles que no necesitamos cargar durante toda la ruta.
En el coche dejamos más agua, ropa completa de recambio, calzado seco y algo de comida. También una toalla aunque el plan no incluya agua. La experiencia dice que los planes tienen poca autoridad cuando hay niños cerca.
Esto aligera bastante la mochila y hace que regresar al coche se sienta como llegar a un pequeño almacén de emergencia.
Una cosa para entretenerlos
No llevamos juguetes para caminar. La propia ruta suele ofrecer palos, piedras, hojas y suficientes asuntos importantes como para mantener ocupados a los niños.
A veces llevamos una lupa pequeña o unos prismáticos infantiles. No porque sean necesarios, sino porque pueden cambiar el ritmo cuando empiezan las preguntas sobre cuánto falta.
Buscar pájaros o mirar una hoja de cerca funciona mejor que repetir “ya casi estamos” durante media hora.
Conviene asumir que cualquier palo encontrado por el camino se convertirá en una posesión valiosa. También conviene revisar que ese palo no termine dentro del coche.
La mochila correcta no salva una ruta equivocada
Podemos llevar agua de sobra, comida perfecta y seis mudas. Si la ruta es demasiado larga, no tiene sombra o incluye un terreno incómodo para su edad, la mochila no va a solucionar el día.
Nos va mejor elegir recorridos sencillos y dejar tiempo de sobra. La distancia importa menos que el terreno y la posibilidad de parar sin bloquear un camino estrecho.
También miramos si podemos dar la vuelta con facilidad. Saber que no estamos obligados a completar una ruta quita bastante presión.
Al final, lo que más usamos casi siempre es lo básico: agua, comida, gorras, crema solar, pañuelos y una muda. El resto depende del lugar, del tiempo y de la capacidad de los niños para localizar barro incluso después de varias semanas sin lluvia.
La mochila nunca vuelve igual que salió. Regresa con envoltorios, piedras, una hoja enorme, calcetines húmedos y algún palo que consiguió superar la inspección del coche.
Por lo menos el agua suele haberse acabado.