Navajas parecía una apuesta segura.
Que algo parezca una apuesta segura suele ser el primer problema.
Las fotos enseñaban una cascada bonita, senderos con sombra, un pueblo pequeño y una ruta lo bastante corta como para completarla antes de que alguno de los niños decidiera que caminar era una forma de castigo.
Perfecto.
O lo bastante perfecto.
El viaje desde Valencia fue tranquilo. Todo el mundo estaba de buen humor. Ángeles había recordado llevar algo para picar. Yo había recordado el agua. Nadie se había dejado una zapatilla, una gorra o un juguete favorito en casa.
Para una excursión familiar, aquello rozaba la profesionalidad.
Y quizá debería haber sospechado algo.
La primera señal apareció al llegar al aparcamiento.
Había muy pocos coches.
Normalmente eso sería una buena noticia.
Cualquiera que pase fines de semana explorando la Comunidad Valenciana sabe que encontrar sitio para aparcar sin dar tres vueltas puede sentirse como una pequeña victoria.
Pero aquello resultaba extraño.
Hacía buen tiempo.
Cielo azul.
Temperatura agradable.
Uno de esos sábados de primavera en los que media provincia parece recordar de repente que le gusta salir al aire libre.
Y, sin embargo, el lugar estaba demasiado tranquilo.
—Quizá hemos llegado pronto —dije.
Ángeles miró alrededor.
—Quizá.
No era exactamente un acuerdo.
Era más bien la respuesta que das cuando sospechas que alguien está diciendo una tontería pero prefieres esperar a que los hechos lo demuestren.
Cogimos las mochilas, organizamos a los niños y nos dirigimos hacia la cascada.
Seis minutos después, el plan entero se derrumbó.
Una valla temporal bloqueaba el camino.
Detrás había un cartel.
La ruta estaba cerrada.
Trabajos de mantenimiento.
Ese día.
Ni la semana siguiente.
Ni el mes siguiente.
Justamente ese día.
Leí el cartel dos veces.
La segunda lectura fue tan decepcionante como la primera.
Una pareja que estaba cerca mantenía exactamente la misma conversación que nosotros.
Más adelante, un hombre negó con la cabeza y dio media vuelta hacia el aparcamiento.
Otra familia llegó, leyó el aviso y comenzó inmediatamente una negociación complicada con dos niños que ya no entendían nada.
Durante unos minutos nosotros hicimos lo mismo.
Los niños querían comer.
Uno quería trepar algo.
El otro quería lanzar piedras al agua que ya no íbamos a ver.
Yo llegué a plantearme buscar una cafetería y fingir que aquello había sido el plan desde el principio.
Entonces apareció un hombre mayor paseando a un perro que parecía bastante más seguro de sí mismo que cualquiera de los presentes.
Nos preguntó si íbamos a la cascada.
Le explicamos la situación.
Asintió.
Después señaló un sendero estrecho que desaparecía entre los árboles.
—Probad por ahí.
Eso fue todo.
Ni mapa.
Ni explicaciones.
Ni garantías.
Simplemente un dedo apuntando hacia el bosque.
Como estrategia turística no era especialmente sofisticada.
Pero tampoco teníamos muchas alternativas.
Así que le hicimos caso.
Diez minutos después nadie estaba hablando ya de la cascada.
El sendero avanzaba entre pinos y zonas de sombra.
Los niños encontraron palos.
Como siempre, los palos se convirtieron inmediatamente en los objetos más interesantes de toda la provincia de Valencia.
Un poco más adelante apareció una construcción de piedra medio abandonada.
Nadie sabía exactamente qué había sido.
Eso no impidió que empezáramos a inventar teorías.
Un almacén.
Una caseta agrícola.
Un refugio.
La antigua sede de una organización criminal extraordinariamente poco exitosa.
Todas las opciones parecían igual de razonables.
El camino siguió ascendiendo suavemente hasta llegar a un mirador con vistas sobre las montañas del interior.
No había taquillas.
No había paneles informativos.
No había colas para hacerse fotos.
Sólo silencio.
Del bueno.
Del que cada vez cuesta más encontrar.
Nos sentamos a comer.
Los bocadillos llegaron ligeramente aplastados.
Un zumo acabó derramado.
Una bolsa de patatas desapareció misteriosamente en manos de alguien que diez minutos antes aseguraba no tener hambre.
En otras palabras, todo transcurrió exactamente como suele ocurrir en las excursiones familiares.
Mirándolo ahora, recuerdo muy poco de la cascada que habíamos ido a visitar.
Recuerdo el cartel de cerrado.
Recuerdo al hombre con el perro.
Recuerdo el sendero inesperado.
Y recuerdo esa sensación de que el día se salió del guion.
Suena más dramático de lo que fue.
Nadie se perdió.
Nadie encontró un tesoro.
No ocurrió nada extraordinario.
Pero las excursiones familiares rara vez se recuerdan porque todo salió según lo previsto.
Se recuerdan porque algo no salió según lo previsto.
Y aquel día, en las afueras de Navajas, una ruta cerrada nos obligó a cambiar de planes y terminó regalándonos una aventura mucho mejor que la que habíamos organizado.