Desfiladero de los Gaitanes — No Fue Exactamente la Caminata que Imaginábamos

Hay un tramo, más o menos por la mitad, donde la pared del acantilado se inclina como si quisiera enterarse de lo que dices. La luz… se apaga. Un minuto estás entornando los ojos por el sol, al siguiente notas un frío raro en la sombra y piensas que igual tendrías que haber traído otra capa. Rufus, nuestro perro, se plantó ahí mismo — los ecos no son lo suyo — y los chavales aprovecharon para abrir la bolsa de comida antes de tiempo. Ese fue nuestro “inicio planificado”.

Las guías hablan de 7,7 km, casi todo llano, “perfecto para familias”. Sí… si tu familia es de las que sale puntual y sin dramas. Nosotros queríamos salir a las 8:30. Llegamos al aparcamiento a las 10:47, todavía discutiendo si las zapatillas valían o si esto contaba como “excursión seria”. Entre firmar la entrada, recolocar mochilas y buscar las gafas de sol, el sol ya rebotaba en la piedra caliza con fuerza suficiente para dejarte bizco.

La pasarela se agarra a la roca de una manera que te da confianza y te la quita al mismo tiempo. Barandillas de acero, tablones de madera, un cartel amable que te recuerda caminar por la derecha. Miras abajo — o decides que mejor no — y ves esa franja verde del Guadalhorce muy, muy lejos. Entre mirar el paisaje y contar tornillos en las tablas, me puse a pensar en cómo estos días fuera encajan con todo lo demás que intentamos hacer. Me acordé de algo que escribí aquí sobre equilibrar las metas financieras con la vida familiar — al final, lo mejor casi nunca es lo que tienes apuntado en papel.

Hay una plataforma panorámica donde todos paran, pero si caminas un poco más hay una curva donde el viento hace un ruido que tapa los pasos. Ahí nos quedamos más rato del que habíamos pensado, pasando almendras, el último sorbo de agua, mirando cómo unos pájaros entraban y salían de la roca como si llevaran reloj.

Cuando salimos, El Chorro nos pareció casi demasiado normal — coches, conversaciones, olor a pescado frito de un bar que parece igual que hace 30 años. Pedimos unas bebidas, Rufus se bebió medio cuenco de agua de un trago, y alguien propuso coger el tren de vuelta por variar. No lo hicimos. Nos quedamos allí, mirando las vías, dejando que el sol nos quemara un poco las orejas.

Si vienes por la adrenalina o las fotos, las tendrás. Pero entre el calor y la sombra, los tablones que crujen y las galletas, te vas a llevar otra cosa — esas ganas de quedarte un rato más, aunque ya estés pensando en el viaje de vuelta.


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