El paseo de 45 minutos que duró todo el día (y por qué volveríamos a hacerlo)

Empezó, como suelen empezar estas cosas, con una frase dicha con demasiada seguridad.

“Esta es fácil. Cuarenta y cinco minutos. Perfecta con los niños.”

Lo dije en voz alta, que en nuestra familia suele ser justo el momento en el que el universo afina el sentido del humor.

No buscábamos nada épico. Ni barrancos, ni miradores famosos, ni un gran destino. Solo una ruta corta que habíamos visto en el mapa, cerca de casa, lo bastante sencilla como para darnos la vuelta sin drama si la cosa se torcía. Un plan de esos que haces cuando quieres aire fresco, no una odisea.

Preparamos poco. Agua, fruta, un par de snacks que no se derritieran, gorras que más tarde serían motivo de discusión. Los niños estaban de buen humor, lo cual, visto ahora, debería haberme puesto en alerta.

Los primeros diez minutos fueron exactamente como prometía el mapa.

Camino llano. Árboles. Pájaros. Todos andando más o menos en la misma dirección. Recuerdo pensar: esto está yendo demasiado bien.

Y justo entonces alguien vio un palo.

No un palo cualquiera. Un palo legendario. Grueso, curvado, claramente imprescindible. Aquello requirió parar, examinarlo, debatir de quién era y, finalmente, acordar que el palo era de todos y de nadie a la vez.

A partir de ahí, el paseo se convirtió en otra cosa.

Aparecieron piedras que había que girar. Cuestas que era obligatorio subir aunque el sendero rodeara. Un cauce seco que exigía exploración porque “¿y si luego viene agua?”.

El mapa decía cuarenta y cinco minutos. La realidad decía que ahora mandaba la naturaleza, no nosotros.

En un punto el camino se estrechó. Nada peligroso, solo lo justo para que pareciera una decisión. Seguir adelante o volver atrás y admitir que una línea en Google Maps nos había ganado.

Seguimos, claro.

Ahí empezaron las preguntas.

¿Falta mucho?
¿Por qué seguimos?
¿Podemos comer ya?
¿Por qué no trajimos los otros snacks?

Paramos. Nos sentamos en una roca. Comimos antes de lo previsto. Miramos hormigas llevando migas más grandes que ellas mismas, lo cual calmó a todos de una forma que ninguna explicación adulta consigue.

El paseo dejó de ir de distancia y pasó a ir de negociación.

Cinco minutos más.
Vale, dos.
Bueno, hasta ese árbol.

En algún momento, sin darnos cuenta exactamente cuándo, la tensión se aflojó. Los niños empezaron a inventarse juegos. Las quejas se transformaron en comentarios. El paisaje dejó de ser algo que había que atravesar y pasó a ser algo en lo que estar.

Cuando por fin llegamos al punto que, según el mapa, marcaba el final, nadie reaccionó.

Ni aplausos. Ni sensación de llegada.

Solo un momento tranquilo, sentados, respirando, dándonos cuenta de que llevábamos mucho más tiempo del previsto y que, de alguna manera, había funcionado.

La vuelta fue más lenta que la ida. Siempre lo es. Piernas cansadas, ritmo suave, más paradas. Pero se sentía distinta. Menos gestión, más compartir.

Cuando llegamos al coche habían pasado horas.

No cuarenta y cinco minutos. Ni cerca.

Y aun así, de camino a casa, polvorientos y en ese silencio particular que solo aparece después de un día largo al aire libre, nadie habló de cuánto había durado.

Lo que quedó fue el palo. Las hormigas. El árbol en el que paramos tres veces. Ese momento en el que la frustración se convirtió en risa porque no quedaba otra que aceptarlo.

Creo que esa es la lección que volvemos a aprender en estas pequeñas escapadas.

Los mejores días con niños rara vez siguen el plan. Se alargan. Se doblan. Ponen a prueba la paciencia de una forma que en el momento parece personal.

Pero cuando dejas de pelearte con el reloj y empiezas a moverte a su ritmo, algo cambia. La presión baja. El día se abre.

Así que sí, aquel paseo de cuarenta y cinco minutos duró todo el día.

Y la próxima vez que vea otra “ruta fácil” en el mapa, probablemente diré lo mismo.

Porque incluso cuando no sale según lo previsto, siempre nos lleva a algún sitio al que merece la pena haber ido.

Leave a Comment