Una escapada al Priorat con niños: pueblos bonitos, carreteras de montaña y una copa de vino para los mayores

Hay una cosa que nunca aparece en las fotos bonitas de las escapadas familiares: el asiento trasero del coche.

Ahí es donde ocurre la verdadera aventura.

Uno tiene hambre. El otro ha perdido algo que llevaba en la mano hace treinta segundos. Alguien necesita hacer pis, aunque acabamos de parar. Y cuando por fin encuentras una carretera preciosa, con montañas a ambos lados y unas vistas de escándalo, desde atrás llega la pregunta de siempre:

«¿Cuánto falta?».

Pues bastante, cariño. Bastante.

Pero hay lugares que merecen el esfuerzo. Y el Priorat, en Tarragona, tiene toda la pinta de ser uno de ellos.

No es el típico destino que aparece en las listas de planes con niños. No tiene un parque temático enorme ni una colección de atracciones diseñadas para mantener entretenida a la familia durante ocho horas.

Tiene pueblos pequeños, montañas, viñedos, carreteras que parecen dibujadas sobre el paisaje y una tranquilidad que, sinceramente, empieza a sonar bastante bien.

Y vino.

Mucho vino.

Pero eso es para los mayores.

El Priorat no está precisamente a la vuelta de la esquina

Saliendo desde Dénia, hay que asumir que esto no es una excursión de domingo por la mañana.

Son varias horas de coche y, con niños pequeños, eso significa que el trayecto puede convertirse en una especie de negociación permanente.

Una escapada de fin de semana tiene bastante más sentido.

La idea sería sencilla: salir sin prisas, parar cuando haga falta y utilizar Falset como punto de partida para explorar la comarca.

Nada de intentar visitar ocho pueblos, tres bodegas, cuatro miradores y un monasterio antes de comer.

Ya hemos aprendido que esos planes suelen terminar con alguien llorando.

Y no siempre es uno de los niños.

Falset: un buen sitio para empezar

Falset es la capital de la comarca del Priorat y una buena primera parada para orientarse.

Tiene calles antiguas, plazas y ese ambiente de pueblo donde todavía parece posible sentarse a tomar algo sin sentir que tienes que levantarte inmediatamente para ir al siguiente sitio.

Con niños, eso cuenta mucho.

No necesitamos que cada minuto sea extraordinario. A veces basta con encontrar una plaza, pedir un café y dejar que los pequeños se entretengan mirando cualquier cosa que a nosotros nos parecería completamente irrelevante.

Una fuente.

Un perro.

Una piedra particularmente interesante.

Los niños tienen esa capacidad maravillosa de encontrar diversión donde nosotros sólo vemos una piedra.

Y mientras ellos investigan el mobiliario urbano, los mayores podemos mirar alrededor y recordar por qué hemos salido de casa.

Falset también tiene una larga relación con el vino. De hecho, es uno de esos lugares donde la cultura vinícola no está separada de la vida cotidiana del pueblo.

Está en su historia, en sus edificios y en el paisaje que lo rodea.

Gratallops: aquí las montañas se llenan de viñas

Desde Falset, una de las excursiones más interesantes es acercarse a Gratallops.

Es un pueblo pequeño, rodeado de viñedos, en una zona donde las pendientes empiezan a ponerse serias.

Aquí el paisaje cambia.

Las viñas no ocupan simplemente grandes extensiones de terreno llano. Muchas crecen sobre laderas difíciles, entre suelos pedregosos y caminos que parecen empeñados en subir constantemente.

A los niños probablemente les dará exactamente igual que estemos en una de las regiones vinícolas más conocidas de España.

Verán montañas.

Buscarán bichos.

Preguntarán si hay helado.

Y tendrán razón, porque para ellos el viaje consiste en descubrir cosas, no en apreciar denominaciones de origen.

Pero a nosotros sí nos puede interesar entender un poco lo que estamos viendo.

El Priorat tiene una historia vinícola fascinante, con pueblos que llevan siglos vinculados al cultivo de la vid y vinos que han adquirido una reputación internacional.

Para quien quiera conocer mejor la zona antes de organizar la escapada, PrioratWine.es reúne información sobre sus pueblos, productores y vinos. Es una buena manera de entender por qué este paisaje tiene tanta personalidad y por qué Gratallops, Falset y otras localidades están tan relacionadas con el vino.

Eso sí, conviene aclarar una cosa.

Una escapada familiar por el Priorat no tiene por qué convertirse en una ruta de catas.

Se puede disfrutar perfectamente de los pueblos y del paisaje sin entrar en una sola bodega.

Y si al final del día aparece una buena botella para acompañar la cena, tampoco vamos a protestar.

Siurana: precioso, pero ojo con los niños

Si hay una imagen que resume lo espectacular que puede llegar a ser esta parte de Cataluña, es la de Siurana.

El pueblo está situado sobre un impresionante promontorio rocoso, con vistas hacia el embalse y las montañas.

Es de esos lugares donde llegas, miras alrededor y durante unos segundos se te olvida todo.

Hasta que escuchas:

«¡Mira, papá!».

Y descubres que uno de los niños ha encontrado algo mucho más interesante que el paisaje.

Siurana es un sitio para disfrutar con calma, pero también exige precaución. Hay desniveles importantes y zonas próximas a cortados, así que con niños pequeños nada de correr libremente cerca de los bordes.

Aquí toca ir de la mano y elegir bien por dónde pasear.

La recompensa son unas vistas impresionantes y un pueblo que conserva muchísimo encanto.

No hace falta organizar una caminata complicada para disfrutarlo.

De hecho, con dos niños pequeños, probablemente sea mejor no hacerlo.

Escaladei: piedras antiguas y preguntas difíciles

Otra parada que merece la pena considerar es la Cartoixa d’Escaladei, el antiguo monasterio cartujo situado al pie de la Serra de Montsant.

El lugar tiene una importancia enorme en la historia de la comarca.

La presencia de los monjes cartujos está estrechamente relacionada con el desarrollo histórico del territorio y su tradición agrícola.

Pero explicar todo eso a un niño pequeño puede ser complicado.

«¿Quién vivía aquí?».

Unos monjes.

«¿Y dónde están?».

Ya no viven aquí.

«¿Y por qué?».

Bueno…

Y así comienza una conversación que probablemente termine hablando de dinosaurios, castillos o fantasmas.

Lo bueno es que las ruinas, las montañas y el entorno pueden despertar su curiosidad sin necesidad de convertir la visita en una clase de historia.

Eso sí, antes de ir conviene comprobar horarios y condiciones de acceso.

Y llevar agua.

Siempre agua.

No importa cuántas botellas metas en la mochila. De alguna manera, los niños consiguen bebérselas todas antes de que tú tengas sed.

El verdadero secreto: no intentar verlo todo

Cuando viajábamos sin niños, podíamos improvisar bastante más.

Ahora improvisar sigue siendo posible, pero tiene consecuencias.

Salir tarde significa llegar tarde.

Llegar tarde significa comer tarde.

Comer tarde significa que alguien se enfada.

Y cuando alguien se enfada, toda la familia descubre que una preciosa carretera de montaña puede parecer bastante menos preciosa.

Por eso, para una escapada al Priorat, yo elegiría dos o tres lugares como máximo cada día.

Un pueblo por la mañana.

Una comida tranquila.

Quizá otro paseo corto por la tarde.

Y listo.

Si queda tiempo para algo más, estupendo.

Si no, tampoco pasa nada.

El Priorat no se va a mover de sitio.

¿Y qué hacemos con el vino?

Aquí hay una cuestión importante.

Cuando se habla del Priorat, casi todo gira alrededor del vino.

Y es lógico. La comarca tiene una tradición vinícola extraordinaria y algunas de sus bodegas son conocidas mucho más allá de Cataluña.

Pero una familia con niños pequeños no necesita organizar el viaje alrededor de las bodegas.

Podemos conocer los pueblos, contemplar los viñedos y descubrir cómo el cultivo de la vid ha modelado el paisaje.

Podemos probar la gastronomía local.

Podemos comprar una botella para llevar a casa.

Y podemos disfrutar de una copa durante una cena tranquila, siempre que quien tenga que conducir después no beba.

Lo que probablemente no sea buena idea es arrastrar a dos niños aburridos por una sucesión interminable de explicaciones sobre barricas, variedades de uva y fermentaciones.

A menos que uno de ellos resulte ser un pequeño sumiller.

En cuyo caso, enhorabuena.

Lo que llevaríamos para una escapada así

Aquí no vamos a descubrir América.

La lista es prácticamente la misma que para cualquier salida familiar, sólo que conviene prepararla mejor porque hablamos de un viaje más largo.

Agua, comida, ropa de recambio, calzado cómodo, protección solar y alguna distracción para el coche.

También merece la pena revisar nuestra entrada sobre qué llevar para hacer una ruta con niños pequeños antes de salir.

Y añadiría algo que no cabe en la mochila.

Paciencia.

Mucha.

Porque una carretera con curvas puede ser preciosa para el conductor y bastante menos divertida para quien viaja detrás.

Mejor hacer paradas que convertir el viaje en una prueba de resistencia.

Una escapada diferente

Lo que más me atrae del Priorat es precisamente que no parece un destino diseñado para familias.

No hay que seguir un circuito marcado de actividades infantiles.

No hace falta comprar entradas para entretener a todo el mundo.

Hay pueblos, montañas, caminos y cosas que descubrir.

Y eso encaja bastante con la idea que nos llevó a empezar Evasión Grupo Explora.

Salir de casa.

Apagar las pantallas.

Pasar tiempo juntos.

Aunque acabemos discutiendo por quién se ha comido las últimas galletas.

Aunque tengamos que cambiar los planes tres veces.

Aunque lleguemos al alojamiento agotados y nos preguntemos por qué demonios no nos hemos quedado en el sofá.

Porque luego pasan los días y nadie recuerda demasiado bien aquella tarde viendo dibujos animados.

Pero sí recuerdas el pueblo de las montañas.

La carretera llena de curvas.

La piedra que uno de los niños insistió en llevarse a casa.

Y aquella cena en la que, por fin, todos estuvieron sentados durante diez minutos.

Diez minutos.

Un auténtico lujo.

Y si los mayores conseguimos acompañarlos con una buena copa de vino del Priorat, mejor todavía.

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